Poesia di Charles Bukowski
A ciascuno il suo inferno
ricevo notizie di un caro amico
in Europa, non il tipo che ama lamentarsi
quel che ho appreso non viene da lui
ma non può celare tutto
e qualcosa filtra da altre fonti:
deve andare in ospedale un giorno si
e uno no, sta morendo un fottuto
passo per volta.
La sua vita familiare è da tempo
infelice ed ora sua moglie ha istinti suicidi.
La maggior parte delle mie lettere
non ottengono risposta
e quando risponde
le sue sono crude e smozzicate.
ho saputo che non può bere, fumare,
nemmeno prendere un caffè
e poi ci sono problemi
di carattere professionale.
Non è vecchio
ma il mio amico ha sempre voluto diventare uno scrittore
è diventato invece un traduttore
arrangiando il linguaggio dei praticanti di successo
fino a fame il proprio.
Dure interminabili ore
in cui il sogno
non fa che allontanarsi
e allontanarsi sempre più,
sua moglie ossessionata:
“non fai altro
che dattilografare!”.
L’infelicità che uccide:
mai sapere
cosa avresti potuto essere.
***
Poesia di Jack Kerouac
Come meditare
– luci spente –
autunno, mani strette, in istantanea
estasi come una pera di eroina o morfina.
la ghiandola nel mio cervello secernente
il buon fluido felice (Fluido Santo) allorché
mi ah-bbasso e tengo ogni parte del corpo
giù in trance da puntomorto – Sanando
ogni mio male – tutto cancellando – neppure
resta il brandello di uno «spero-che-tu»
o una Bolla di Pazzia, ma la mente
libera, serena, spensierata.
“Quando arriva un pensiero
spuntando da lontano
con la sua esibita figura d’immagine, lo freghi,
lo sfreghi via, lo smonti e si fa smunto,
e il pensiero non viene – e con gioia
comprendi per la prima volta
«Pensare è proprio come non pensare –
Perciò non devo pensare mai più»
***
Carta de despedida
Carta de despedida de Henry Miller a Anaïs Nin
“Qué son las despedidas si no saludos disfrazados de tristeza? Lo mismo que el deseo y el placer de verte mientras te desnudas y te envuelves en la sábanas. Nunca has sido mía. Nunca pude poseerte y amarte. Nunca me amaste o me amaste demasiado o me admiraste como la niña que toma una lente y se pone a ver cómo marchan las hormigas y cómo, en un esfuerzo inacabable y lleno de fatiga, cargan enormes migajas de pan. Qué son aquellas noches lluviosas en medio de la cama de un hotel. Qué el recuerdo de nuestros pasos por la calle, en el teatro o en la sala de conciertos. Qué son los recuerdos de los celos y de tus amantes y de June y de mis amantes.
Anaïs, no creo que nadie haya sido tan feliz como lo fuimos nosotros. No creo que exista en la historia del hombre y de la mujer un hombre y una mujer como tú y como yo, con nuestra historia, nuestras circunstancias; con aquello que se desbordaba en las paredes, el ruido de la calle y la explosión de tu mirada inquieta de ojos delineados en negro; con la sinceridad de tu cuerpo frágil y tu secreto agresivo e insaciable. El recuerdo puede ser cruel cuando estás volando febrilmente a tu próximo destino, a otros brazos que te reciban expectantes y hambrientos. El recuerdo de tu diario rojo que tirabas en la humedad de la cama entre tus labios entreabiertos y mis ganas de desearte. Te deseo. Te deseo con la desesperación y el anhelo de lo imposible y ya te has ido y tal vez, en un sueño imaginativo y romántico, leerás estas palabras una y otra vez, en medio de mi ciudad con la gente pasando en medio de las calles y la sorpresa en tus ojos y la gran dama con el fuego en la mano derecha.
Mi querida Anaïs, ma petite, ma jolie, infanta inquieta de sal nocturna. Te extraño cuando huyes de madrugada y te extraño cuando camino y me tomo un café en la calle; te extraño cuando June se acerca cariñosa y cuando paso por los grandes aparadores. Te extraño casi a todas horas: cuando escribo, cuando te pienso, cuando escucho las campanas que me anuncian que ya son las tres, cuando me acuerdo