Sono quí sugli scogli e un gabbiano mi vola cosí vicino che quasi lo posso toccare.
Il mio sguardo si perde sulla piccola spiaggia incorniciata da piccole conchiglie bianche ,l’oceano stanotte c’é ne ha fatto dono.
Non so che ore sono,ma so che oggi é il primo giorno di Settembre,e in Giappone comincia come ogni anno la macabra mattanza dei delfini.
Comienza el 1 de Septiembre de cada año la matanza de delfin en Taiji-Japón.
En el documental:THE COVE
los delfin son capturados para la lucrativa industria de parque acuático de todo el mundo
y los esemplares “sobrastantes”son masacrados en la cala a la que está prohibido el acceso.
Una película rodada en su parte cumbre con cámaras ocultas alzó este año el Oscar al mejor documental. Fue el colofón a un año de premios. Cerca de cincuenta festivales se han rendido a sus pies en 2009, incluido el público del exigente Sundance. The cove, que significa “la cala”, enseña la práctica de los pescadores de Taiji, un pequeño pueblo de 4.000 habitantes al sur de Japón. Cada año, 23.000 delfines son asesinados durante la temporada de caza –entre octubre y abril– en una pequeña piscina natural formada en la costa, junto a una playa. Es la mayor matanza de estos cetáceos en el mundo, permitida y animada por el Gobierno japonés. Los delfines son arrinconados cada tarde hasta la cala por barcos que crean una barrera de sonido que ahuyenta a los animales, sin saberlo, hacia la muerte horas más tarde. Es al día siguiente, por la mañana, cuando los pescadores empuñan arpones desde sus barcas, matando uno a uno a los apelotonados delfines y llenando de sangre ese trozo de costa.
Sólo unos pocos salvan la vida, seleccionados por expertos entrenadores que luego negocian con acuarios de todo el mundo. Un delfín vivo cuesta al menos 150.000 dólares, reportando entre dos y tres millones de dólares anuales a cada preparador. Sin embargo, un delfín muerto, vendido sólo por su carne, cuesta apenas 600 dólares. Una carne que no es del todo saludable, por sus elevados índices de mercurio, algo que también destapa el documental.
La iniciativa de la pélicula parte de Ric O’Barry,el adiestrador durante años de los delfin que protagonízaban
la legendaria serie “Flipper”
Ric O’Barry era un veinteañero de éxito en los sesenta. Tras pasar por la Marina de EE UU, fue contratado por el Seaquarium de Miami como cazador de delfines. Apresó a unos cien, en la bahía de Biscayne o de Vizcaya, junto a Miami. Más tarde fue ascendido y empezó a entrenar a los delfines del parque acuático. Era rico, atractivo y conducía coches de lujo. En 1963, los delfines ya eran un negocio en auge. Estos animales estaban de moda, en parte gracias a tipos como O’Barry, pero sobre todo por la fama que obtuvieron ese año y al siguiente la película Flipper y su secuela. El éxito fue tal que la cadena de televisión NBC se lanzó a realizar una serie. “Los productores llegaron con la idea al Seaquarium. Dijeron que ellos grabarían y publicitarían las instalaciones. A cambio, el acuario tenía que poner los delfines y un entrenador. Yo fui el elegido”, recuerda O’Barry desde Miami. El nombre del show no fue muy original: Flipper. Pero de 1964 a 1967, en los hogares y subconscientes norteamericanos se coló una melodía que repetía y repetía el nombre del delfín más famoso. Su inteligencia y sonrisa llegó a toda América, multiplicándose el boom de los acuarios.
Pero en realidad, Flipper no era un único delfín, sino cinco: Susie, Patty, Kathy, Scotty y Squirt. Todas eran hembras, menos agresivas que los machos y más codiciadas estéticamente, pues su piel no tiene imperfecciones. La ficción mostraba a un solo Flipper, que vivía en una reserva marina –donde era la mascota de un padre y sus dos hijos y hacía un montón de acrobacias que le enseñaba O’Barry fuera de pantalla. El delfín salvaba vidas y detenía a criminales. Era un héroe para los niños, clientes potenciales de los acuarios. Negocio.
Pero un día de