LOS MOLINOS DE TUSCAMANITA – L´isola

di | 12 de Dicembre de 2011

El Centro de Interpretación de los Molinos de Tiscamanita ilustra la historia de los sistemas de molturación en Fuerteventura

Tiscamanita es un lugar privilegiado. A principios de siglo podía “hombrearse en población con Tuineje”, según Isaac Viera. En la prosa un tanto almibarada del periodista conejero, “sus casas se escalonan, presentando anfiteátrica vista de seductor atractivo. Sobre una altiplanicie se ven molinos de viento del corte de aquellos que existían en los tiempos de Cervantes”.

Lo cierto es que el lugar impone: desde las ventanas del pueblo queda a la vista la hermosa Caldera de Gairía, viejo cráter volcánico de 461 metros de altura máxima, roto por la mano del hombre y hoy declarado monumento natural; una de las últimas manifestaciones de la violencia telúrica en la isla, conserva vegetación climácica en zona árida, lo que la convierte en un paraje biológico muy especial.

En este entorno se encuentra el Centro de Interpretación de los Molinos. Inaugurado a finales de 1997, está integrado en la Red de Museos de Fuerteventura, dependiente del departamento de Patrimonio Histórico del Cabildo Insular. En su interior, el visitante y el curioso pueden informarse de la historia de la molienda en la isla, antes y después de la conquista, a través de una muestra de objetos y abundante información en paneles. Forma con el Centro de Artesanía Molino de Antigua, el Museo del Grano Casa de la Cilla (La Oliva) y el Ecomuseo de La Alcogida (Tefía) un conjunto etnográfico e histórico insustituible para la divulgación del pasado majorero.

Del mortero prehispánico al molino de viento

En las hermosas instalaciones del Centro se encuentran el mortero prehispánico, piedra naviforme labrada y ahuecada, y el molino de mano que los colonos españoles heredaron de los majos sin mayor mejora que una lavija y un vástago que perfeccionaron su movimiento. Colocado en un rincón de la cocina, el molino de mano puede ser utilizado por el visitante, a cuya disposición siempre hay un puñado de grano para hacer la prueba. La tahona, máquina tradicional accionada por tiro de caballería en la misma vivienda del campesino, tiene así mismo su lugar en el museo.

Los molinos de viento fueron introducidos en Fuerteventura desde Castilla a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Estos molinos machos, sólidos edificios de mampostería y maquinaria de madera y hierro que a Unamuno le recordaron a los gigantes contra los que peleó Don Quijote, a partir del siglo XIX compartieron el paisaje insular con las molinas, más esbeltas y cómodas, inventadas por el palmero Isidoro Ortega; y ya en el siglo XX con los chicagos o molinos americanos de extracción de agua, llamados así por su popularidad en los Estados Unidos, pese a su origen europeo. Esta técnica de molturación era muy apropiada para la isla, expuesta continuamente a los vientos alisios y de economía eminentemente cerealista, y fue arrinconando poco a poco al molino de mano y a la tahona. Los campesinos prefirieron llevar su trigo, su millo y su cebada al molinero, que les cobraba su parte de grano u otros productos agropecuarios hasta el siglo XX, en que se generalizó el pago en dinero.
El sabor del gofio

Durante la visita al Centro de Interpretación, si uno tiene la suerte de poder hablar con el molinero podrá enterarse de la molienda y de las hermosas palabras que la nombran: el grano va pasando de la tolva a la canaleja, y de aquí, espaciado por al rítmico temblor que imprime el husillo en su movimiento, cae entre las muelas y cede su consistencia al mordisco de las ranuras y aristas; el gofio o la harina cae del cubo al costal que la espera en el piso inferior, impregnando el edificio de un intenso aroma a madurez. Es característico que, mientras en la Península el fondo de la canaleja solía ser de cedazo, para separar con su temblor el grano del desperdicio, en Fuerteventura el grano ya venía limpio de la criba y el ajecho sucesivos.

Al término de la visi